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miércoles, 12 de octubre de 2011

Los entierros en tiempo de la Colonia

Durante la colonia se acostumbraba que las exequias de los pobres fueran administradas por un sacerdote, un sacristán y dos acólitos. En la ceremonia se utilizaba la cruz baja de madera, llamada así por ser considerada cómo de segunda categoría. Tenía derecho a una misa cantada y a una vigilia durante el primer día de su muerte, lo que hoy se conoce como Velorio o Velatorio. En cuanto a los cobros, éstos variaban y por eso recibían limosnas que los familiares del difunto quisieran dejar.
Mientras que las exequias de los españoles y criollos se hacían con mayor pompa: un sacerdote, dos acólitos, cinco sacristanes y el tradicional doble de campanas con exposición solemne del Santísimo Sacramento, la misa cantada y la provisión de la cera que se utilizaba durante el velorio.

Generalmente quien pagaba más por los servicios tenía acceso a prestaciones de mayor lujo en
las pompas fúnebres. Sus partidas de defunción se anotaban en libros especiales, indicando el nombre, la procedencia, la edad, profesión, estado civil y causa de la muerte. Mientras que en los templos catedrales, tal es el caso de la Catedral de la Purísima Concepción de María de Ciudad Vieja, tenían la obligación de vigilar escrupulosamente las inhumaciones (Inhumación proviene del lat. «in» (en) y «humus» (tierra). «Acción de enterrar un cadáver». En consecuencia, cualquier otro destino que se dé a los cadáveres (sepulcro, nicho o cremación) no entrará dentro del concepto estricto de inhumación.
http://es.wikipedia.org/wiki/Inhumación
Por eso cada vez que alguien moría, se avisaba inmediatamente a la parroquia de origen. De lo
contrario, se castigaba a los deudos con la pena de excomunión. Incluso, cuando había un difunto en algún rancho o estancia dentro de la jurisdicción parroquial, el teniente de cura o su vicario debían acudir a los responsos (Responso: se suele aplicar a las oraciones dedicadas a los difuntos. Ello se debe a que, tradicionalmente, adoptaban esta forma)
http://es.wikipedia.org/wiki/Responso

Cuando la persona se encontraba en el lecho de muerte, hacía su testamento, en el cual solicitaba su inhumación en el templo, con misa de cuerpo presente y su novenario de rosarios, ya fueran cantados o rezados según en caso. Se le llevaba el sacramento de extremaunción al enfermo, consistente en una pequeña confesión de sus pecados, donde pedía perdón por los pecados cometidos a lo largo de su existencia, luego hacía su auto de profesión de fe, reconociendo el misterio de la santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), su deseo de morir como buen católico cristiano y pedía que la Virgen María, bajo cualquiera de sus advocaciones, fuera su abogada.
La misa se debía ofrendar con pan, vino y cera. Regularmente el cadáver del varón era mortajado con el hábito de San Francisco de Asís mientras que el de la mujer con un hábito religioso con tendencias marianas. Y a los niños los vestían de ángeles, hábitos y coronados. Embalsamaban al cadáver llenándolo con aromas para impedir los malos olores durante el velorio. La velación del cadáver se hacía sobre una mesa de madera y le ponían un crucifijo en las manos.
En el rito de inhumación intervenían las posas, que son el clamor de las campanas por los difuntos, mientras que los deudos hacían responsos en honor a las ánimas del purgatorio y por el alma del difunto. Para los entierros, la nave estaba dividida en secciones en donde se cobraba de más si la inhumación se realizaba cerca del presbiterio.
Lamentablemente éste tipo de cortejos fúnebres provocaba serias competencias entre los feligreses, quienes se peleaban para ver quién sepultaba a sus difuntos con mayor pompa. Por eso la Arquidiócesis de México, solicitó que en todos los templos de la Nueva España, se evitara el abuso de vestir a los cuerpos de los infantes con trajes de clérigos, obispos, religiosos, cardenales y hasta de ángeles con sus respectivas alas.
Para luego llevarlos a visitar a las casas de sus parientes y padrinos, por lo que la Curia Arzobispal, hacía hincapié de que fueran vestidos de acuerdo a las edades y solamente con coronas y flores. También pedían que cada párvulo debiera ser enterrado en lugares sagrados siguiendo los ritos de la Santa Iglesia, sin importar que tuvieran dinero o no sus familiares, ya que era frecuente que muchos cuerpecitos aparecían en las bancas, en las mesas o en los rincones desocupados de los templos, por no tener los deudos con qué pagar los oficios litúrgicos.
De tal forma que prohibieron los velorios secretos, por lo que los fieles tenían la obligación de acudir a los templos parroquiales, para dar razón de la muerte y de hacer la partida correspondiente, ya que cuando alguien se suicidaba, no se le permitían los oficios litúrgicos ni la cristiana sepultura. Por eso se pidió que cada vez que muriera una persona, se tañeran las campanas en señal de duelo y para avisar la partida del difunto.

jueves, 6 de octubre de 2011

Como llegó el término Jicaque a Ciudad Vieja

Hace ya algunos años, el día 07 de diciembre en el convite de Ciudad Vieja Sacatepéquez, era muy común ver varios carros conocidos hoy en día como Carrosas, adornados con papel de china, nylon, flores etc. Un sin número de niños sentados alrededor de la tarima de la carrosa vestían de traje típico, la característica principal de todos los participantes (hombres) era la cara pintada o manchada con alguna especie de colorante para marcar los bigotes y la barba. Eran muy populares ya que en su momento llamaban mucho la atención de los visitantes y de los mismos vecinos de este lugar. Eran los famosos Jicaques, sin duda alguna en la venida de los españoles a estas tierras venían acompañados de la tribu, los Tolupanes, conocidos como Jicaques provenientes de Honduras.

Los tolupanes opusieron resistencia durante la conquista de Honduras, lucharon para evitar ser privados de su libertad, su cacique en ese entonces era Cicumba, quien opuso resistencia a las fuerzas españolas dirigidas por Pedro de Alvarado en 1536 en la zona del río Ulúa y el valle de Sula. Luego de ser derrotada resistencia tolupana fue aprisionada junto al rey Cicumba, se les dejó morir por hambre. Las demás tribus restantes continuaron habitando sus poblados originarios.

En ese entonces eran cazadores-recolectores, cultivaban yuca amarga y, comerciaban maíz y el cactus que produce la cochinilla, utilizaban canoas monóxilas para transportar sus productos comerciales.

Desde el siglo XV hasta la actualidad han ocupado sus tierras originales en los departamentos de Olancho, Yoro y Atlántida. Hoy en día tienen una "reserva" en La Montaña de la Flor en Francisco Morazán.

En los documentos coloniales se usan la palabra 'jicaque' para gente indígena no bajo el dominio español, pero en su mayoría no son miembros de este grupo indígena, ni habladores de la lengua Tol. El término jicaque o Xicaque fue utilizado por los colonizadores para referirse a los diferentes grupos rebeldes de Tolupan, es un término despectivo pues en quiché significa ' caníbal, indio salvaje'.

Lenguas Tolupán

Los tolupanes hablan un conjunto de lenguas estrechamente emparentadas llamadas tol o jicaque, que juntas forman la familia jicaque-tol. Este conjunto de lenguas indígenas se hablan todavía dentro de la actual Honduras.

Estas lenguas jicaque-tol están emparentadas con las lenguas tequistlatecas habladas en el estado mexicano de Oaxaca formando la familia tequistlateco-jicaque. También se ha conjeturado muy especulativamente en este último grupo podría estar relacionado con las lenguas hokanas de norteamérica.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Cementerios Clandestinos en Ciudad Vieja Sacatepéquez

Un cementerio es un lugar en el cual se entierran cuerpos muertos y restos incinerados. El término cementerio (del griego: lugar para dormir) implica que el terreno está designado específicamente como terreno para enterrar. Los cementerios en la mayor parte del mundo son el lugar en donde las ceremonias finales de la muerte se observan. Estas ceremonias o ritos varían según la práctica cultural y creencia religiosa. Alrededor del siglo VII, el entierro europeo estaba bajo control de la iglesia y podía ocurrir solamente en el terreno consagrado de la iglesia debajo de las losas del piso y detrás de las paredes. En la mayoría de las culturas los que eran sumamente ricos, tenían profesiones importantes, eran parte de la nobleza o estaban de cualquier otro alto estatus social se enterraban generalmente en criptas individuales dentro o debajo del lugar relevante de la adoración con una indicación del nombre de los difuntos, la fecha de la muerte y otros datos biográficos. En Europa y España esto fue acompañado a menudo con una pintura del escudo de armas de la familia.

Para el caso del país de Guatemala, el concepto de cementerio tal y como se conoce hoy en día, fue introducido a partir de las primeras décadas del siglo XIX, a raíz de las epidemias que azotaron a los vecinos de la Nueva Guatemala de la Asunción y también por el crecimiento poblacional, iniciándose los primeros intentos por aislar del casco urbano, las áreas de enterramiento, más por razones de sanidad, pero a la vez ocasionó la secularización de estos espacios.

Dicho proyecto fue consolidado durante el gobierno liberal del Doctor Mariano Gálvez, a través de un acuerdo de la Asamblea Legislativa de fecha 12 de abril de 1831, sobre el establecimiento de un cementerio general en la Ciudad Capital, y con otro acuerdo de fecha 22 de agosto de 1834, al decretar la construcción de cementerios en toda la república.

En Ciudad Vieja, el 22 de octubre de 1,925 se construyo la portada del cementerio que se encuentra en la salida de este mismo lugar, esto nos indica que para esta fecha ya existía este cementerio.

Un dato interesante que llama mucho la atención es que en octubre de 1983 durante las excavaciones hechas por el Instituto de Fomento Municipal, para la introducción de drenajes a la población de San Miguel Escobar, se encontraron un gran número de entierros en torno a su Iglesia. Se tuvieron que detener tales excavaciones de inmediato y solicitar apoyo de la Policía Nacional y del Ejército de Guatemala para evitar que los vecinos continuaran destruyendo los entierros que continuamente aparecían, aunque finalmente solo se logró la recuperación de seis en condiciones aceptables de un total de 32 registrados. El estado de conservación de los restos era muy precario y la mayoría se trataba de entierros secundarios. Valencia, Miguel S.
1993 Santiago de Guatemala en Almolonga: Evidencias arqueológicas e históricas. En III Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 1989 (editado por J.P. Laporte, H. Escobedo y S. Villagrán), pp.309-315. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala.

Sin duda alguna en Ciudad Vieja y San Miguel Escobar, existían familias de Elite económica bastante alta que influían en las decisiones de los grandes jerarcas de la Iglesia Católica de aquel entonces, por esta razón cada uno de los integrantes de estas familias eran los privilegiados de ser enterrados al interior de la Iglesia o a sus alrededores.

En real cédula circular de 27 de marzo de 1789 se previno á los virreyes y capitanes generales de las colonias de España en América (incluyendo toda las parroquias de Guatemala) que informaran al rey sobre la construcción de cementerios fuera de poblado, y manifestaran si los fondos de las iglesias podrían sufragar los gastos consiguientes al número de establecimientos de esa índole que en cada población se necesitasen; y algunos años después de reiteró por medio de otra cédula, la prevención a los funcionarios dichos, y se recomendó el asunto a los arzobispos y obispos, a fin de que se hiciesen los cementerios fuera de las poblaciones, en obsequio del estado sanitario, que tanto sufría por los enterramientos dentro de las iglesias y en otros sitios contiguos a éstas.
Hay que advertir que desde que vino a Guatemala la segunda real cédula, que prevenía la mejora de que se trata, ordenó el capitán general que se ejecutase lo indicado en ella, y con tal objeto fue transcrita la orden a los intendentes de las provincias, a los alcaldes mayores y corregidores de los diversos partidos.
En el año de 1,989, durante la remodelación y demolición de muros antiguos en los jardines de la mansión perteneciente a Casa Alianza (conocido hoy como El Cortijo), los trabajadores encontraron restos óseos. El caso fue denunciado a las autoridades correspondientes y las osamentas fueron extraídas sin ningún tipo de control científico ni registro, exceptuando algunas fotografías tomadas por el Director de la institución. Las osamentas fueron enviadas al médico forense local, quien dictaminó que se trataba de osamentas humanas pertenecientes a varias personas, con una antigüedad mayor de 50 años.

Por no existir testigos y con el objetivo de aclarar si las osamentas fotografiadas eran realmente antiguas o si eran parte de un cementerio clandestino de época reciente, ex-laborantes de Casa Alianza promovieron una nueva diligencia de exhumación, siendo apoyados por la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala y por la organización Familiares de Detenidos y Desaparecidos de Guatemala (FAMDEGUA).

El EAFG inició la investigación antropológico forense el día 14 de marzo de 1,994, descubriendo 20 osamentas humanas con peculiaridades muy distintas a las encontradas en un cementerio clandestino típico y sin señales de violencia (EAFG 1994b). Un análisis cuidadoso de todos los rasgos arqueológicos del contexto llevó a la conclusión de que se trataba de un cementerio legal de época antigua, razón por la cual el caso fue remitido a las autoridades del Instituto de Antropología e Historia de Guatemala y al Consejo Nacional para la Protección de Antigua Guatemala. Expertos de ambas instituciones dictaminaron que el hallazgo correspondía un cementerio antiguo cuya fecha y procedencia podrían ser determinados únicamente a través de un proyecto arqueológico, dado que el lugar ha sido ocupado ininterrumpidamente desde el siglo XVI (año 1,600); además recomendaron cubrir nuevamente todas las excavaciones con el fin de preservar las osamentas y rasgos arquitectónicos antiguos asociados mientras se instala un proyecto arqueológico.

La importancia de esta exhumación radica en que no es imposible ni extraño encontrar un cementerio clandestino en casi cualquier lugar en Guatemala y por ello siempre que se localicen osamentas humanas existe una fuerte posibilidad de que se trate de algunos de los miles de desaparecidos y siempre será necesario someterlas a un minucioso análisis. Este caso ilustra también la importancia de una cuidadosa excavación arqueológica, pues no fue necesario realizar la exhumación y análisis de las osamentas para determinar que no pertenecen a época reciente.



Se tiene información que en algunos lugares de Ciudad Vieja a la hora de realizar una construcción o una excavación aun se encuentran recipientes de barro al estilo de ollas o vasijas, conteniendo en su interior restos humanos como lo vemos en la siguiente ilustración.


De esta manera era como enterraban a sus muertos los primeros habitantes de estas tierras, los Kakchiqueles, pertenecientes a la ciudad de Iximché que era la capital de los Kakchiqueles, tal y como lo indica el párrafo siguiente.
A la llegada de los españoles a su territorio, en 1,524, los mayas del período clásico (alrededor del 800 d. C.) habían dejado de ser una civilización compleja y organizada. Sus descendientes se encontraban divididos en un buen número de señoríos y/o ciudades-estado como:

  • Utatlán o Q'umarkaj capital de los Ki'che',
  • Iximché, capital de los Kakchikeles,
  • Zaculeu o Saqulew, capital de los Mames,
  • Mixco Viejo, capital de los Pokomames,
  • Chuitinamit, capital de los Tz'utujil,

martes, 16 de noviembre de 2010

El convite de Ciudad Vieja

Era costumbre en la víspera, anunciar el recorrido con un convite. En cada esquina se quemaba una bomba. Se iniciaba con los encamisados montados a caballo. Iban vestidos de blanco con cintas celestes y las patas de los caballos, adornadas con cintas rojas y doradas. Se cubrían la cara con un velo. A cambio de ayuda económica voluntaria, repartían hojitas con unos versos dedicados a la Virgen María que escribía Juanito Solares. Le seguían las “partidas de fieros” que eran grupos de parejas con disfraces especiales y cubierta la cara con una máscara hombre y mujer que danzaban en cada esquina al compás de una marimba sencilla. Personaje jocoso y que jamás faltaba, era el Mico… En una mano llevaba un chicote y en la otra una alcancía. Pero su papel principal era el de sacar el “de repente”. Danzaba alegremente y de pronto decía “Yo te saco de repente. Y te saco de un baúl, para mis frutas me ha de dar, mi amigo don Raúl.” Acercaba la alcancía a don Raúl para que depositara su óbolo y con el chicote amenazaba cualquier desplante y no se retiraba hasta que don Raúl soltaba la monedita.

Seguía el tambor y el pito, que anunciaba que detrás venías seis u ocho carretas haladas por bueyes adornados con papel brillante.- En la carrocería se levantaban entablados donde se representan por niños y niñas escenas de la vida de la Virgen María. Alegorías artísticas diseñadas con mucho cariño y entusiasmo, como los Siete Pecados Capitales y las Siete Virtudes Teologales. Los niños y las niñas iban revestidos de angelitos, pastores, de reyes magos o de inditos, pero la que más emocionaba a grandes y pequeños era la carroza de los diablos. Al frente el diablo mayor señalaba a una persona y luego la anotaba en un gran libro. Por supuesto, que los que más sufrían eran los niños cuando veían las señas del diablo y creían que su nombre lo apuntaba. Los demás hacían sonar quijadas de buey, al tiempo que soltaban voces de ultratumba.


Desde las primeras horas del 8 de diciembre, los vecinos lucían sus mejores galas y se encaminaban a la iglesia principal para participar en la Misa Solemne. Un coro formado por señoras y señoritas soltaban sus voces cantarinas y el humo del incienso llenaba la nave del templo. Era costumbre que en la plazuela se colocaran numerosos fieles con una granada cada uno. Esperaban pacientes el final de la Misa para quemarlas. Era la ofrenda devocional y amorosa a su patrona.

jueves, 21 de octubre de 2010

Hiatoria de los Retablos Coloniales

La palabra retablo tiene su origen en las voces latinas retro, detrás, y tabula, mesa o altar. Y así es como se denominan a las estructuras que se levantan delante de los muros internos de un templo. Los retablos están constituidos esencialmente por elementos arquitectónicos, como columnas y entablados, los cuales crean espacios destinados a contener pinturas y esculturas. En Guatemala se manufacturaron exclusivamente en madera, preferentemente cedro, muchas veces recubierta con lámina de oro. Además de enriquecer los muros internos del templo y de constituir el principal elemento del mobiliario eclesiástico, tienen como función primordial narrar de un modo gráfico, los principales pasajes de la historia y la vida de los santos, o algún otro tema religioso.

El gran tamaño de los retablos obviamente implica un trabajo colectivo. Según la Historia de la Imaginería Colonial en Guatemala, de Heinrich Berlin, además de los oficiales y aprendices que tomaban parte en su ejecución, cuatro diferentes artistas podían intervenir: ensambladores, escultores, doradores-estofadores y pintores. A los primeros les correspondía hacer el propio retablo con todos los ornamentos tallados. Los ensambladores se encargaban de hacer el propio retablo con todos los ornamentos tallados. Los escultores por su parte hacían las estatuas de bulto o de medio relieve, dejando su parte sin dorar ni pintar. Los doradores doraban los retablos con oro legítimo utilizando a veces en adición matices de otros colores. Ellos mismos usualmente aplicaban el estofado a las imágenes, en cuyo proceso cubrían las imágenes con una delgada capa de yeso sobre tela, en la cual luego aplicaban oro y pintura. Finalmente, los lienzos de pintura eran hechos por pintores profesionales.

Varios cronistas del reino de Guatemala han dejado atestiguado en sus obras las diversas formas de ornamentar los templos, así tenemos que Fray Antonio Remesal primer cronista del reino, menciona entre 1615 y 1617 que los retablos eran muy pobres en esta época. Luego de la pobreza inicial que Remesal señala, se tiene otro testimonio de Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán para la última década del siglo XVII, quien describe los ornamentos de los templos como "...elegantes... adornados de pulidos y maravillosos retablos, ricos, majestuosos ornamentos...". En su obra, la Recordación Florida, se encuentran innumerables citas en las que se señala la riqueza de los ornamentos de los templos del obispado de Guatemala, principalmente en el altiplano central y occidental.

Con el paso del tiempo y por varias razones, muchos retablos guatemaltecos han sufrido cambios iconográficos y formales. Entre las causas principales se pueden mencionar las preferencias devocionales de los fieles, el traslado de los retablos desde La Antigua Guatemala al valle de la Ermita después de los terremotos de 1773, los daños ocasionados a los templos de la ciudad de Guatemala y muchos pueblos del altiplano por los terremotos de 1917-1918 y 1976, así como el desconocimiento del valor histórico y artístico de los retablos, por los encargados de los templos.

lunes, 12 de julio de 2010

HISTORIA DE LA FINCA EL POTRERO EN CIUDAD VIEJA

La finca el potrero se encuentra en Ciudad Vieja, en el departamento de Sacatepéquez, a unos cuantos kilómetros de La Antigua Guatemala. Su ingreso no pasa desapercibido ya que la carretera que viene de La Antigua topa con él y marca la llegada de Ciudad Vieja.

El casco de la finca, que consta de la casa patronal, los patios, el beneficio, el corral y la oficina administrativos, se encuentran al ingreso, y a menos de 300 metros de la Catedral de Ciudad Vieja

Desde cualquier punto de la propiedad, se puede apreciar: al Norte, las colinas que limitan la finca y al sur, el imponente Volcán de Agua en todo su esplendor.

La finca ha tenido varios dueños, aunque todos de la misma familia, ya que ha sido heredada a sus respectivos descendientes.

El primer heredero fue Don Carlos Herrera Luna que adquirió la finca en 1889 bajo Herrera y Co. Limitada. Luego pasó a manos de Carlos Herrera Dorión y éste a su vez, la dejo a sus hijos quienes formaron la sociedad Herrera Hermanos.

En 1979, la finca quedó en manos de dos hermanas, bajo el nombre de Sara Herrera y Condueños.

En 1984 la propiedad se dividió en dos, al morirse las dos hermanas que eran las dueñas, quienes la dejaron a sus hijos respectivamente: una parte a los señores Minondo Herrera y la otra a Sara Arroyo Herrera de Olivero. El tamaño de la finca en ese entonces era de 8 caballerías. Los Minondo Herrera se quedaron con 4.5 caballerías que se dividieron en tres, mientras que el resto, 3.5 caballerías, de Sara Arroyo Herrera de Olivo, actual dueña de la finca, conservo el casco y el nombre de la finca, “El Potrero”

A lo largo de los últimos años se han vendido algunas parcelas, por la construcción de una nueva carretera que atraviesa la finca. Actualmente tiene una extensión un poco menor a 3 caballerías.

La finca originalmente poseía ganado y por lo tanto producía cueros; luego hubo también un poco de cochinilla, así como Nopal, Pero fue entre los años 1920 y 1925, que se empezó con la siembra de café, práctica que sigue hasta nuestros días. Aunque hay que destacar que se han hecho también otros cultivos. De 1985 hasta finales de los años noventa, se sembró frambuesa, mora silvestre, zacateras, nopal, verduras y por mucho tiempo rosas de exportación. Se llegaron a emplear hasta 20 manzanas para cultivos de hortalizas.

La casa patronal es de dos niveles, y fue construida en 1905, aunque el segundo nivel actual se reconstruyo después del terremoto de 1976. Adaptación al agroturismo de Finca El Potrero, Ciudad Vieja, Sacatepéquez